Revista Argentina de Humanidades y Ciencias Sociales
ISSN 1669-1555
Volumen 11, nº 2 (2013)

Avatares de la improvisación y la estética de los vínculos

por Lic. Marcelo Negro

marnegro@fibertel.com.ar

 
 
Para citar este artículo: Rev. Arg. Hum Cienc. Soc. 2013; 11(2). Disponible en internet: http://www.sai.com.ar/metodologia/rahycs/rahycs_v11_n2_02.htm
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Un poco de clasicismo I

Freud le dedicó un gran interés teórico a la cuestión del humor y de lo cómico en general. Un libro entero está dedicado al tema: El chiste y su relación con lo inconsciente. También el artículo titulado simplemente así: “El humor”.
Para él:

El proceso humorístico puede consumarse de dos maneras: en una única persona, que adopta ella misma la actitud humorística, mientras a la segunda persona le corresponde el papel del espectador y usufructuario, o bien entre dos personas,   una de las cuales no tiene participación alguna en el proceso humorístico, pero la segunda la hace objeto de su consideración humorística. Para detenernos en el más grosero ejemplo, cuando el delincuente que es llevado al cadalso un lunes manifiesta: «¡Vaya, empieza bien la semana!», desarrolla él mismo el humor, el proceso humorístico se consuma en su persona y es evidente que le aporta cierta complacencia. A mí, el oyente no involucrado, me alcanza en cierto modo un efecto a distancia de la operación humorística del criminal; registro, quizá de manera semejante a él, la ganancia de placer humorístico. (Freud: 1979, p. 157)

.Algo elemental se nos plantea con el ejemplo extractado: si la mayoría de los moribundos que asistimos tuvieran el beneficio de este proceder cómico, la sutileza subjetiva del condenado al patíbulo, nuestra función quedaría rápidamente en cuestión, nuestro trabajo correría cierto riesgo de disminuir o tendería a desaparecer. Nadie podría sugerir, salvo vaga alusión a un cuadro maníaco, que ese condenado necesita un analista o un psiquiatra, o un psicoterapeuta, tomado este rol en el sentido más vasto del término.

No sabemos nada del condenado, sólo podemos tomar su lugar de enunciación como la pieza de nuestro análisis. Para el sujeto así plantado, la soga ya puede apretar lo suficiente. El verdugo, seguir el procedimiento sin pena y sin gloria.

En el artículo mencionado, “El humor” (1927), Freud despliega una explicación rica en sus consecuencias clínicas. A tono con su segunda tópica, Freud incluye y evalúa la hipótesis del superyó y un modo de funcionamiento particular de esta instancia en el proceso humorístico. Modalidad que permitiría que el superyó y su vasallo, el yo, momentáneamente no entren en conflicto.

Freud está interesado en el proceso metapsicológico y en sus consecuencias subjetivas: “No hay ninguna duda de que la esencia del humor consiste en ahorrarse los afectos a que habría dado ocasión la situación y en saltarse mediante una broma la posibilidad de tales exteriorizaciones de sentimiento.” (Freud: 1979, p. 178)

Sobre el proceso en sí, un breve resumen de la explicación freudiana:

  • Que, a contrapelo del sentido común teórico, en el proceso humorístico no estaríamos en presencia de un superyó como amo severo sino con uno que consiente que el yo tenga una pequeña ganancia de placer.
  • Que el superyó, cuando produce la actitud humorística, no hace sino rechazar la realidad y servir a una ilusión.
  • Que el efecto del proceso humorístico tiene un componente emancipador y enaltecedor.

Volviendo a nuestro paradigmático condenado. ¿Cómo describiríamos nosotros su posición frente a su pronta muerte? ¿Como aceptación, esto es asunción de la realidad? ¿Como resignación, especie de entrega voluntaria de sí mismo a otro ser o entidad abstracta? ¿Como locura momentánea?

Freud no duda.
No es aceptación, puesto que la actitud humorística rechaza la realidad.
No es resignación: “El humor no es resignado- dice-, es opositor; no sólo significa el triunfo del yo, sino también el del principio de placer, capaz de afirmarse aquí a pesar de lo desfavorable de las circunstancias reales.” (Freud: 1979, p. 178-179)

Para Freud se trata pues de un triunfo del narcisismo. Estaríamos pues en presencia de una renegación instrumental ejercida por el superyó.

Pura Cancina, en El dolor de existir… y la Melancolía, hace un rastreo de estas formulaciones freudianas y las lee en sus potencialidades y contradicciones teóricas e incluye la perspectiva de Lacan en el asunto. “Para Freud lo cómico puro estaba ligado a la voluntad de hacer surgir lo cómico, ponerlo de manifiesto. Poner en cómico algo”. Es decir, una indagación centrada en el proceso. “Con Lacan vemos que se trata de lo cómico puro, de hacer surgir el objeto de lo cómico, que no es otra cosa que el sujeto en posición de objeto. El sujeto así, en posición de objeto de lo cómico, pone de manifiesto eso que él es más radicalmente, al mismo tiempo que, en verdad, no lo es” (Cancina: 1992, p. 157).
O sea que además y más allá de la riqueza metapsicológica del proceso, estaríamos frente a una potencial posición subjetiva.

No me parece ociosa esta referencia al superyó porque conocemos en la clínica su veta cruel. Es habitual encontrar en la atención de pacientes en situación terminal o de agonía, el furor extremista de esta instancia: sea bajo la forma de un sentimiento de miseria existencial (extensión de la miseria neurótica de cada quien); sea como un sentimiento de vergüenza ante el estado de enfermedad y sus consecuencias disruptivas con relación al ideal; o bajo el formato de la culpa, siendo la potencial muerte no el pago de una deuda simbólica según el orden de las generaciones, sino la mácula que ensombrece al ser, muchas veces en procesos francos de melancolización.
El ejemplo del humor parece mostrarnos otra cara de dicha instancia….

A propósito del tema que nos convoca, la experiencia muestra que no es posible ayudar a morir, sin un preciso trabajo con las voces crueles del superyó que atormentan al sujeto y no descansan, más bien se agudizan, hacia el final de la existencia.
Hice este paso por la letra freudiana, porque nos invita, a mi criterio, a preguntarnos lo siguiente: si habría alguna operación psíquica (a construir), si no humorística, al menos estructuralmente homologable, que pueda dar cuenta de un posicionamiento no trágico frente a la muerte.

 

Un poco de clasicismo II
La doctora Kúbler-Ross, famosa tanatóloga, tuvo el mérito de haber trascripto el registro de las entrevistas con sus pacientes. Tenemos esos relatos extractados en su libro Sobre la muerte y los moribundos, un texto clásico que, más allá de posturas teóricas de cada quien, se trata de su libro clínico.

Es conocida, y aún hoy sigue siendo referencia teórica para muchos, la descripción de las fases por las que pasa el paciente próximo a morir, según la doctora Ross: Ira, Negación, Negociación, Depresión, Aceptación.

La autora no presenta dichas fases con ingenuidad. Afirma en diferentes oportunidades que puede alterarse el orden de las mismas o aún que el proceso psicológico puede quedar detenido en alguna de ellas, antes de la estación final, la aceptación. Sin embargo, no deja de plantearlas como un tránsito ideal.

Si un paciente ha tenido bastante tiempo (esto es, no una muerte repentina e inesperada)
y se le ha ayudado a pasar por las fases antes descritas,
llegará a una fase en la que su “destino” no le deprimirá ni le enojará. […]
Deberíamos ser concientes del inmenso esfuerzo que se requiere
para alcanzar esta fase de aceptación, que lleva hacia una separación gradual (decatexis)
en la que ya no hay comunicación en dos direcciones.
Hemos encontrado dos maneras de conseguir este objetivo más fácilmente.
Una clase de paciente lo conseguirá sin casi ayuda ambiental,
excepto una comprensión silenciosa y la ausencia de interferencias. (Kübler-Ross: 2009, p. 147.)

Se refiere al paciente anciano, tal vez algo ingenuamente al volver a ubicar la cosa en un plano ideal, asociando vejez a sabiduría y a un abandono sosegado de la existencia…

Otros, menos afortunados, pueden alcanzar un estado físico y psicológico similar cuando tienen bastante tiempo para prepararse para la muerte. […] Hemos visto morir a la mayoría de nuestros pacientes en la fase de aceptación, sin miedo ni desesperación.

Sin miedo ni desesperación…
Es una casuística que invita a algunos a la envidia, para otros a la sospecha.

Jean Allouch, psicoanalista francés, dice que la práctica de la afamada psiquiatra no se basaba en otra cosa que en la sugestión. Para este autor, el eje de la crítica es qué se entiende por realidad y las relaciones que se fomentan del sujeto en función de la misma. Sugestión, lo sabemos desde temprano en la teoría, implica la posición de alguien en lugar del ideal, de Otro imaginario sin tacha, manipulando los hilos subjetivos del paciente.

A propósito, es un ejercicio interesante leer las entrevistas de la doctora.
Es verdad que en algunas de ellas puede encontrarse un posicionamiento de la entrevistadora en la que busca un acuerdo con relación al sentido de la cosas y al sentido de los dichos del sujeto (“es evidente que lo que usted está queriéndome decir es x”, “coincidiríamos en que su real problema es y”).
Y se nota también el interés por asfaltar el camino que lleve a la aceptación…
Llegados a este punto, y en tren de ayudar, no parece menor preguntarnos qué noción aplicamos nosotros mismos en nuestro quehacer clínico acerca de la realidad y qué pretendemos de nuestros pacientes con relación a ella. Para el caso, que idea de aceptación manejamos y bajo qué constructo teórico.
Es una pregunta por la abstinencia en juego

A determinada altura de su texto Kúbler-Ross cita a Bettelheim. Quiere apoyarse en esta cita para ubicar cierta cuestión con relación al narcisismo. Dice Bettelheim sobre la primera infancia: “En realidad era una edad en la que no se nos pedía nada y se nos daba todo lo que queríamos. El psicoanálisis considera a la primera infancia una época de pasividad, una edad de narcisismo primario en la que el yo lo es todo”.
Para la doctora se trata de un retorno. Cito: “Así que, quizás al final de nuestros días, cuando hemos trabajado y dado, disfrutado y sufrido, volvemos a la fase en la que empezamos, cerrando el círculo de la vida.”

Que la vida sea simétrica y/o circular no sé si es un pensamiento clínico. Pero la referencia al narcisismo no puede dejar de interrogarnos.
Ya sea con el aporte que nos dio el texto freudiano, ya sea al modo de las intervenciones ¿yoicas? ¿sugestivas? propuestas por Kübler-Ross, lo cierto es que estamos en el centro de una problemática que nos obliga a articular y dar respuesta clínica a la cuestión de la muerte y su enlace/desenlace con el narcisismo.
En otro texto mencionaba que, en mi opinión, la clínica con pacientes terminales podía describirse de cuatro modos: como una clínica de la urgencia, una clínica de la renegación, una clínica del desamparo y una clínica de lo originario.
Por clínica de lo originario me refería sobre todo a estos rodeos por la cuestión del narcisismo. Qué noción de narcisismo manejamos y que técnica en función de esto aplicamos en la cotidianeidad de nuestra práctica. Narcisismo, superyó, ideal del yo… realidad.

Al menos dos preguntas, para poder ayudar a nuestros pacientes:

  • ¿Qué y cómo, de la constitución psíquica originaria, se está jugando al final de la existencia?
  • Frente al horror narcisista ante la muerte, ¿con qué tipo de palabra se acompaña?

 

 

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